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Carmen Conde
España
Cumpliendo el trabajo
Toda la tierra, sí. La tierra desnuda y agria hemos de remover tú y yo, orugas ciegas del resplandor de Dios. ¡Cuántos años sin fin ante nosotros! Y la abriremos para muerte... Sobre ella vivos desnudamente hemos de amarnos. Bajo mi espalda, ¡qué multitud de guijos se hincan a la carne que me siembras!
Uncidos sin reposo, dos brutos que se esfuerzan en roturar lo yermo para que siga al hombre con un gemir de flores que romperán en frutas. Toda hemos de ararla, toda, y han de caber las tumbas entre barbechos negros y predios resonantes.
Me duelen los ijares, mi rostro está reseco. ¡Aquella mi cintura que tú cogiste en vuelo rechina al ser doblada para poner simiente en donde tú desgarras el polvo amigo y fin! Mis senos aún levantan sus sedes a tu boca, pero padecen ansia cuando rebosan zumo y el hijo espera hallarlo después que yo he arado contigo el mundo entero; el mundo inacabable.
¡Oh siglos de labranza, hombre que empiezas llevándome a tu lado para secar tu frente! ¡Oh maldita de Dios yo: tu oscura hembra ha de parirte tumbas, los impuros manzanos!
(España-1907) De "Mujer sin edén (canto segundo)"
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